fOTOPARDO

Fuente: elnuevosiglo.com

 

A estas alturas, cuando está demostrado que no hubo la cacareada polarización entre la derecha y la izquierda para las elecciones del próximo domingo en Bogotá, la disputa entre las nominaciones punteras está en firme y la justa será prácticamente definida a boca de urna.
Tal y como se presentan las cosas el escenario electoral más posible, el fin de semana, es el voto a voto entre las candidaturas de Rafael Pardo y Enrique Peñalosa en un empate técnico, pese a los esfuerzos en contrario de algunas encuestas truculentas. Hoy el voto sereno, inteligente, futurista y práctico tiende a prevalecer en la ciudad. Sereno, sí, porque de lo que se trata no es de polarizar sino de generar consensos citadinos; inteligente en el sentido de lograr sinergías en vez de fomentar disensos inútiles y desgastantes, como en los últimos años; futurista, porque la concertación es el mejor instrumento para proyectar la urbe hacia adelante en lugar del divisionismo regresivo; y práctico porque es una invitación a enfocar los problemas en conjunto y aplicar las soluciones de inmediato.

La campaña, a no dudarlo, ha tenido en los candidatos la altura que se requería. Bien lo ha hecho Clara López, con voz ponderada y énfasis dialéctico, como en la otra orilla Francisco Santos le ha prestado un invaluable servicio al Centro Democrático para ventilar las ideas de su cauda y mantener una buena presencia de ánimo. En cuanto a los punteros, que parecen haberse desligado del lote definitivamente, la situación está para alquilar balcón y nada está dicho por lo cual el voto a consciencia toma importancia suprema, muy por encima de lo que algunas campañas quisieron justificar en el denominado “voto útil”, es decir, el fementido expediente de los electores como borregos. Tienen los bogotanos, ciertamente, dos alternativas satisfactorias en Pardo y Peñalosa. Cualquiera de los dos que gane, la ciudad quedará en buenas manos.
Hemos reiterado en varios editoriales que la metrópoli necesita, como primera medida, orden. Muchos de los problemas que la agobian nacen, precisamente, del desorden que se refleja en la toma de decisiones, en la excesiva rotación del equipo de gobierno, en la política pública sujeta a lo imprevisto e intempestivo y en la administración sometida al propagandismo ideologizante como fórmula gubernativa.
Frente a ello creemos que Rafael Pardo encarna, precisamente, el principio de autoridad que hoy como nunca se requiere de axioma capitalino. No la autoridad ostentosa, irritada, sino la autoridad serena que además de desenvolverse naturalmente en el estilo de gobierno combine concretamente seguridad y justicia en un solo propósito institucional. Una seguridad, asiento mínimo del orden, que tenga la financiación debida para una ciudad de nueve millones de habitantes y que sepa distinguir entre el ataque decidido al delito y la reconstitución de la convivencia ciudadana, dos frentes equivalentes con la división de trabajo correspondiente. En eso Pardo ha descollado. No solo por sus propuestas y experiencia como ministro de Defensa, sino porque en su larga trayectoria pública se ha distinguido por saber manejar épocas de crisis, como las actuales en la urbe, sin dejar de ser un abanderado del diálogo y el énfasis en lo social.
Bogotá, como elemento central del gobierno, necesita paralelamente y bajo la misma importancia recuperar la ética pública. La sensación, desde hace décadas, de que existen fraudes a la buena fe del ciudadano, aparte de lo estrictamente penal, ha erosionado en materia grave la confianza citadina en la institucionalidad. Rafael Pardo tiene, como se dijo, la más larga trayectoria pública de los que están en liza y nunca ha sido motivo del más mínimo reproche, en ningún sentido, durante el ejercicio en los diversos cargos. Hay la oportunidad, como seguramente la habrá con cualquiera que gane, de volver a poner en el corazón de Bogotá eso que se olvidó como esencia del buen gobierno. Pardo tiene credenciales de sobra en ese propósito indeclinable.
Desde hace años, por igual, hemos pregonado desde estas columnas la necesidad del Metro para Bogotá. Dijimos, desde inicios de la década de los noventa, que la sobretasa a la gasolina no podía gastarse toda en Trasmilenio, sino en buena parte ahorrarla precisamente para lo que fue establecida en el decreto 1421, que era el Metro. Tampoco nunca nos gustó que a la sociedad de Trasmilenio, que debió llamarse Metro-Bus, se le dispensara de hacer el mantenimiento de las vías, a costos altísimos para la ciudad. Nos parece, por ende, sensata la propuesta de Pardo de cambiar el enfoque de los operarios hacia los usuarios.
No es descartable, para nada, la idea de Enrique Peñalosa de hacer un eje ambiental que permita utilizar la cuenca del rio Bogotá como epicentro de desarrollo urbano sostenible. Sin embargo preferimos, con la incorporación de lo anterior, que la política ambiental sea global y transversal a todo el modelo económico de la ciudad, tanto en la salud, la minería, la vivienda, la movilidad y el transporte soportados en la electricidad, y la salvaguarda de las reservas forestales con la debida protección del agua y bajo la evidencia de que Bogotá es vulnerable a los estragos del cambio climático. Tal es lo que ha insinuado Pardo, a lo que no sobraría incluir zonas amortiguadoras en los cerros orientales y gobernar ambientalmente la metrópoli por distritos de manejo integral.
Un voto a consciencia tiene, por descontado, también otro tipo de ingredientes. Habrá elementos que llamen la atención colateralmente en el sentido de que un alcalde, aparte de buen político y ejecutor, también requiere de cultura, aliciente del sentido común y de la perspectiva universal de las cosas. Podrán ser pamplinas para algunos, pero un reconocido escritor como Pardo, que en sus libros ha tratado de escudriñar el alma nacional y el entorno latinoamericano, será sensible a esta componente indispensable en una ciudad en plena ebullición cultural.
Sea lo que sea, tal cual el lector considere lo más conveniente, lo que hoy importa es el voto a consciencia. No es el momento del voto útil. Llegó la hora de votar de verdad.

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